Esta semana visité a una mujer de 60 años. Mi labor era acompañarla para que pudiera, poco a poco, volver a hacerse cargo de su hogar y de algunos aspectos de su vida.
Ella vive con un diagnóstico de salud mental complejo y lleva años hablándose de una manera que me impresionó profundamente.
“Soy boba. Soy fea. Soy mala. Soy incompetente.”
Palabras que, repetidas durante años, pueden convertirse en una voz interior que no da tregua.
Su casa estaba muy sucia, había un olor insoportable y llevaba mucho tiempo sin bañarse. Pero mientras la escuchaba y la observaba, yo no veía simplemente una casa abandonada.
Veía a una mujer abandonándose a sí misma.
Los días pasaban uno detrás de otro. Ella permanecía acostada en un sillón, viendo cómo su vida se iba desmoronando a su alrededor, sin encontrar la fuerza para hacer algo por ella misma.
Me decía:
“Soy infeliz, pero no tengo otra opción.”
Yo veía una niña indefensa dentro de una mujer que cargaba con un peso emocional y mental enorme.
Durante aquella hora comenzamos juntas algo muy pequeño. Reorganizamos su habitación, comenzamos a ordenar la cocina y hablamos. No solucionamos su vida. Mucho de aquella casa seguía esperando, igual que muchas partes de ella.
Mientras estaba en la cocina, pensando por dónde comenzar y cómo guiarla, ocurrió algo que todavía me cuesta explicar.
Por unos segundos tuve una visión.
Sentí que yo era ella.
Y vi cómo ella misma se acercaba a sí misma para decirle todas esas cosas terribles que pensaba de su propia persona.
Fue apenas un instante.
Pero sentí que el universo me había permitido mirar, aunque fuera por unos segundos, el dolor que llevaba dentro.
La salud mental y las mascaras que llevamos para ocultar nuestras dificultades
Salí de aquella casa muy pensativa.
La salud mental no puede ser solamente un discurso. Hay que romper los tabúes y dejar de vivir pendientes del “qué dirán”. La medicación puede ser necesaria y beneficiosa para muchas personas, pero también puede ser necesario un acompañamiento psicológico, humano y cercano que ayude a la persona a recuperar, poco a poco, herramientas para volver a vivir.
Porque nadie debería acostumbrarse a sobrevivir mientras su propia vida se le escapa de las manos.
Y entonces pensé en las máscaras.
No te vayas tan lejos.
Observa a tus padres. Observa a tus hermanos. Observa a las personas que tienes cerca.
Y obsérvate a ti.
¿Cuántas personas están luchando con un problema emocional mientras sonríen, trabajan, conversan y continúan con su vida como si nada ocurriera?
Quizás detrás de algunas de esas máscaras hay alguien que, como aquella mujer, lleva años diciéndose cosas que destruyen poco a poco su propia imagen.
A veces no necesitamos juzgar.
Necesitamos mirar.
Escuchar.
Y quizá tener el valor de decir:
“Necesito ayuda. No estoy bien.”
¿Cuántas máscaras llevamos puestas sin que nadie sepa lo que realmente está ocurriendo detrás de ellas?


