No siempre podemos alejarnos de las personas, los lugares o las situaciones que nos generan una carga emocional y energética.
A veces, por nuestro trabajo o por las circunstancias de la vida, debemos compartir espacios con personas cuyas historias y comportamientos pueden afectarnos profundamente.
Y quiero aclarar algo: no se trata de excluir, rechazar ni juzgar a nadie. Se trata de aprender a cuidarnos.
En mi camino de despertar espiritual he comprendido la importancia de prestar atención a las energías que percibo en los lugares y en las personas con quienes me relaciono.
Hace algún tiempo, una amiga me invitó a encontrarnos. Fui con mi esposo porque queríamos compartir un momento agradable. Sin embargo, ella llegó acompañada de un hombre que no conocíamos.
Conversamos, compartimos y regresamos a casa.
Pero aquella noche, mientras dormía, tuve una experiencia que me hizo reflexionar.
En sueños pude ver lo que interpreté como una energía que acompañaba a aquel hombre y que se alimentaba de sus propios comportamientos.
En aquella experiencia comprendí una relación entre esa energía y ciertos desequilibrios en su vida: el abuso del alcohol, la inestabilidad en sus relaciones y la falta de cuidado hacia sí mismo.
No comparto esto para emitir un juicio sobre él. Lo cuento porque fue la manera en que viví y comprendí aquella experiencia.
Ser consciente de los espacios que compartimos
A veces nos preguntamos por qué ciertas situaciones se repiten en nuestra vida, sin detenernos a observar nuestras decisiones, nuestros hábitos o la forma en que nos tratamos a nosotros mismos.
La mentira, los excesos, la falta de amor propio y una vida sin equilibrio pueden tener consecuencias que van mucho más allá de lo que imaginamos.
Aquella mañana desperté con una reflexión muy clara: debía ser más consciente de los espacios que compartía y de las personas con quienes me relacionaba.
Entonces realicé mi limpieza espiritual.
No era la primera vez que vivía algo parecido. Hay muchas otras experiencias que algún día contaré.
Prácticas para cuidar nuestra paz interior
Con el tiempo he incorporado diferentes prácticas para cuidar mi paz interior. Una de ellas es la llama violeta, una herramienta espiritual que para mí representa protección, transformación y amor.
La utilizo para mí, para mi hogar y para los espacios que frecuento, incluso cuando no puedo alejarme físicamente de una situación que me resulta pesada.
Si deseas probar esta práctica, puedes cerrar los ojos, colocar una mano sobre tu corazón y repetir con calma:
«Me cubro con una antorcha de fuego violeta. Solo el amor de Dios habita aquí».
Para mí, estas palabras son una manera de establecer una intención de paz y protección.
Porque cuidar nuestra energía no consiste en vivir con miedo a los demás. Consiste en aprender a estar presentes, reconocer lo que nos afecta y no permitir que todo lo que ocurre a nuestro alrededor se convierta en una carga que llevamos dentro.
Podemos acompañar sin absorberlo todo.
Podemos escuchar sin perder nuestra tranquilidad.
Y podemos amar sin olvidarnos de nosotros mismos. ¿Cuántas veces hemos cuidado de todos y de todo, olvidándonos de proteger nuestra propia paz?



