Entre Dos Mundos - Juliana Martínez

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Entre Dos Mundos - Juliana Martínez

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Y si todo pudiera sentir

Y si todo pudiera sentir

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¿Y si te dijera que, con el tiempo, he podido conocer una habilidad —o como quieras llamarla— que me permite conectarme con los objetos?

Algunas personas podrían llamarlo de diferentes maneras. Hay quienes hablan del espíritu de las cosas, de Manitu, de la conciencia universal.

Yo prefiero pensarlo de una manera diferente.

Quizás nos han enseñado muchas cosas equivocadas sobre lo que es Dios.

Quizás hemos pasado demasiado tiempo imaginándolo como algo lejano, separado de nosotros, cuando podría estar presente en todo lo que existe.

En ti.

En mí.

En un árbol.

En una casa.

En un avión.

En un juguete.

En cada átomo.

Y si realmente es así, entonces quizás nada está completamente vacío.

Los juguetes de mi hijo

Una vez entré en la habitación de mi hijo.

Al entrar, tuve una sensación muy particular.

Sentí que sus muñecos se alegraban de mi presencia.

No era una voz.

No era una conversación.

Era una sensación.

Como si de alguna manera aquellos objetos percibieran que yo había entrado y experimentaran algo parecido a la felicidad al sentir mi presencia.

Puede parecer extraño contado de esta manera.

Lo sé.

Pero cuando uno vive determinadas experiencias, llega un momento en el que deja de preguntarse inmediatamente si debería ser posible y comienza simplemente a observar.

¿Qué estoy sintiendo?

¿Qué está sucediendo?

¿Qué puedo aprender de esto?

El avión que estaba cansado

Otra experiencia ocurrió cuando me dirigía a un seminario.

Tenía que tomar un vuelo.

Subí al avión y, justo en el momento en que lo toqué para entrar, sentí algo muy claro:

“Estoy cansado. Estoy agotado.”

Me detuve internamente.

Respiré profundamente y continué caminando hasta mi asiento.

Cuando me senté, le di las gracias.

Y le dije:

“Cuando estés nuevamente en tierra, puedes hacérselo saber a tus técnicos. Estás cansado.”

Puede parecer una conversación absurda si la miramos desde afuera.

Pero para mí fue una experiencia energética muy concreta.

No necesitaba que el avión tuviera una voz humana.

La comunicación no siempre ocurre de la manera en que estamos acostumbrados a reconocerla.

Mi casa

Actualmente vivo en un apartamento hermoso.

Es luminoso, lleno de luz y, sobre todo, lleno de amor.

Recuerdo perfectamente la primera vez que entré.

Sentí algo de caos.

Era como si todavía permaneciera en el lugar parte de la energía de las personas que habían vivido allí antes.

Pero la segunda vez fue diferente.

Ya era mío.

Estaba recorriendo la casa y me disponía a observar el baño cuando puse mi mano sobre una pared.

Entonces sentí:

“Tu me comprarás. Seré tuyo.”

Y así fue.

Aquella experiencia me hizo reflexionar nuevamente sobre la relación que tenemos con los espacios que habitamos.

Una casa no es solamente paredes, puertas, muebles y objetos.

También guarda historias.

Personas.

Momentos.

Energías.

Y cuando llegamos a un lugar nuevo, de alguna manera comenzamos a formar parte de su historia.

Dios está en todo

Con el tiempo, estas experiencias han cambiado mi manera de mirar el mundo.

Dios, el universo —llámalo como quieras— está en todo cuanto existe.

Está en ti.

Está en mí.

Está en cada átomo.

Y para mí, esa presencia tiene una característica fundamental:

Es Amor.

No necesariamente un amor como el que nosotros entendemos.

Es algo mucho más grande.

Una presencia que atraviesa la existencia.

Y quizás, cuando comenzamos a percibirlo de esta manera, dejamos de ver los objetos como cosas completamente inertes y empezamos a relacionarnos con nuestro entorno de una manera diferente.

Aprender a sentir

También me he vuelto muy perceptiva respecto a los lugares que frecuento y a las cosas que toco.

No desde la obsesión.

No vivo tratando de evitar cada lugar o cada objeto.

Pero sí cuido mucho mi energía.

He aprendido a observar qué siento cuando entro en un espacio, cuando toco algo o cuando permanezco cerca de determinadas personas.

Y también he aprendido algo más.

No todo aquello que sentimos y que nos resulta incómodo necesariamente está ahí para dañarnos.

A veces, si entro en un lugar o toco algo y percibo que se manifiesta una determinada energía, intento comprender que quizás esa experiencia también tiene un propósito.

Tal vez no se trata de huir.

Tal vez se trata de ayudar.

De aportar algo.

De transformar.

De acompañar.

¿Y si nunca estuvimos separados?

Quizás la pregunta no sea si los objetos sienten exactamente como sentimos nosotros.

Quizás la pregunta sea mucho más grande.

¿Qué pasaría si la vida tuviera más niveles de conciencia de los que somos capaces de percibir?

¿Qué pasaría si aquello que llamamos “inerte” simplemente se comunica de una manera que todavía no hemos aprendido a reconocer?

Y, sobre todo:

¿Qué cambiaría en nuestra manera de vivir si realmente creyéramos que Dios está presente en todo lo que existe?

Quizás tocar una pared ya no sería simplemente tocar una pared.

Entrar en una casa ya no sería simplemente entrar en una casa.

Abrazar un árbol, sentarse en un avión, mirar un juguete o caminar por una habitación podrían convertirse en encuentros.

Tal vez el mundo siempre ha estado hablando.

La pregunta es:

¿Y si lo que necesitamos aprender no es a hacer que las cosas hablen, sino a aprender a escucharlas?

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